A veces, de tanto repetir una palabra, parece que pierde su significado, que carece de sentido, que no significa nada, hasta parece extraño pronunciarla.
A veces, de tanto repetir una palabra, parece que te persigue: la lees en todas partes, la oyes en todas partes, en contextos que ni imaginabas encontrarla.
A mí me persigue la palabra simulacro.
Simulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacrosimulacro... Son los que llevo.
Simulacrosimulacrosimulacro... Son los que me quedan.
Es fea la palabra. Pero fea, fea.
lunes, 3 de enero de 2011
jueves, 4 de noviembre de 2010
Up in the train

Como en la película de George Clooney, sólo que él iba "Up in the air". Ahora mi vida se desarrolla en un vagón. Una, dos o tres veces por semana. Si regalaran puntos por ir en tren, como hacen en los aviones, yo podría ya viajar gratis a Canadá, o a Australia. Título de la entrada basado en una idea original de mi hermano.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
Azul, verde, amarillo... ¡rojo!
Durante mucho, mucho tiempo, he viajado en asientos azules. Son bastante cómodos, pero no tienen almohadita en la cabeza, aunque sí tienen reposabrazos. Son los que mi amigo viajero llamó asientos de 20 euros.
Un día cualquiera, me encontré en un asiento verde. Fue por casualidad. Tienen almohadita en la cabeza, y el suelo donde se encuentran es todo de parquet, muy mono. Son los que, este mismo amigo, llamó asientos de 100 euros. La diferencia está en que, en caso de accidente, el verde es más vistoso que el azul, y entonces los accidentados de preferente serían rescatados antes, que para eso pagaron más por el billete para el mismo trayecto.
Hoy mi modo de viajar ha cambiado. Ahora viajo en asientos amarillos, con cuadraditos estampados rojos. Son muy amplios y comodísimos, puedes dormir sin sufrir tortícolis, tienen almohadita en la cabeza, y en el cabecero del asiento encuentras una placa metálica con el número y letra del mismo en braille. El vagón donde se encuentran es amplio, precioso, con estantería portamaletas con cristal indestructible, con una barra metálica donde se lee el número y letra de cada asiento, y donde hay lucecitas por si la luz ambiental se te hace poco. Hay perchas para el abrigo, chaqueta, bolso o lo que quieras colgar al lado de cada asiento. Hay tele. Y regalan auriculares. Y en la tele ya he visto “Up in the air” (dos veces), “Invictus” y una que no sé cómo se titula que protagoniza Ioan Guffrud (el de Los 4 Fantásticos) vestido de lord inglés, con peluca y todo, de temática política. Lo malo es que cuando yo entro las pelis ya están empezadas. En honor a mi amigo, los he llamado asientos de 200 euros, que son los billetes amarillos y la verdad es que el viaje está bien pagado.
Hace una semana, me metieron en un vagón por el precio de los asientos de 200 euros. Creo que se equivocaron al tramitar el billete, o que le caí simpática al que lo tramitó. El caso es que acabé en un vagón preferente. Es la pera. Es como el de los asientos de 200 euros, pero con los asientos rojos, burdeos, suelo de parquet y una fila doble (por si viajas acompañada) y una fila individual para que nadie te moleste si viajas sola (como yo). Es el asiento de 500 euros, aunque estos sean de color violáceo.
Ayer me encontré a José Sacristán en la estación. No tenía ganas de fans, pero lo tuve cerca, muy cerca. Casi me da algo. El mítico “Narciso” de La tonta del bote (qué gran película, es una de mis preferidas) a dos pasos de mí. Fue una pasada; llegué a mi destino toda emocionada, con ganas de contárselo a alguien, pero al final no pude. Otras dos pasajeras también se dieron cuenta de su presencia. Es que le han dado un premio aquí. Cuando me di cuenta, se estaba subiendo a lo que sigue a preferente. Pero para eso ya no encuentro billetes, así que no tengo ni idea de cómo será. Pero me gustaría averiguarlo algún día.
Dedicado con muchísimo cariño a JC, que espero que lo lea. Un besote :)
Un día cualquiera, me encontré en un asiento verde. Fue por casualidad. Tienen almohadita en la cabeza, y el suelo donde se encuentran es todo de parquet, muy mono. Son los que, este mismo amigo, llamó asientos de 100 euros. La diferencia está en que, en caso de accidente, el verde es más vistoso que el azul, y entonces los accidentados de preferente serían rescatados antes, que para eso pagaron más por el billete para el mismo trayecto.
Hoy mi modo de viajar ha cambiado. Ahora viajo en asientos amarillos, con cuadraditos estampados rojos. Son muy amplios y comodísimos, puedes dormir sin sufrir tortícolis, tienen almohadita en la cabeza, y en el cabecero del asiento encuentras una placa metálica con el número y letra del mismo en braille. El vagón donde se encuentran es amplio, precioso, con estantería portamaletas con cristal indestructible, con una barra metálica donde se lee el número y letra de cada asiento, y donde hay lucecitas por si la luz ambiental se te hace poco. Hay perchas para el abrigo, chaqueta, bolso o lo que quieras colgar al lado de cada asiento. Hay tele. Y regalan auriculares. Y en la tele ya he visto “Up in the air” (dos veces), “Invictus” y una que no sé cómo se titula que protagoniza Ioan Guffrud (el de Los 4 Fantásticos) vestido de lord inglés, con peluca y todo, de temática política. Lo malo es que cuando yo entro las pelis ya están empezadas. En honor a mi amigo, los he llamado asientos de 200 euros, que son los billetes amarillos y la verdad es que el viaje está bien pagado.
Hace una semana, me metieron en un vagón por el precio de los asientos de 200 euros. Creo que se equivocaron al tramitar el billete, o que le caí simpática al que lo tramitó. El caso es que acabé en un vagón preferente. Es la pera. Es como el de los asientos de 200 euros, pero con los asientos rojos, burdeos, suelo de parquet y una fila doble (por si viajas acompañada) y una fila individual para que nadie te moleste si viajas sola (como yo). Es el asiento de 500 euros, aunque estos sean de color violáceo.
Ayer me encontré a José Sacristán en la estación. No tenía ganas de fans, pero lo tuve cerca, muy cerca. Casi me da algo. El mítico “Narciso” de La tonta del bote (qué gran película, es una de mis preferidas) a dos pasos de mí. Fue una pasada; llegué a mi destino toda emocionada, con ganas de contárselo a alguien, pero al final no pude. Otras dos pasajeras también se dieron cuenta de su presencia. Es que le han dado un premio aquí. Cuando me di cuenta, se estaba subiendo a lo que sigue a preferente. Pero para eso ya no encuentro billetes, así que no tengo ni idea de cómo será. Pero me gustaría averiguarlo algún día.
Dedicado con muchísimo cariño a JC, que espero que lo lea. Un besote :)
jueves, 1 de julio de 2010
Mi 14
Jueves, 1 de julio de 2010
Mi querida 14:
Ésta es la última noche que duermo aquí, entre tus cuatro paredes, y no quería irme sin despedirme de ti. ¿Recuerdas cómo llegué a ti? Yo sí. Fue hace seis años. Llegué aquí de casualidad y a última hora, y de las tres que me mostraron te elegí a ti.
¿Sabes por qué te elegí? Porque eras la más barata (sí, es una razón muy cutre, pero fue la primera razón, tengo que reconocerlo), por tu amplio cuarto de baño y por (aunque te parezca increíble) la situación de tu cepillo de barrer y la fregona. Sé que esta última razón te parece un poco rara, pero es que las demás los tenían puestos en mitad de la pared, colgando hacia arriba, y tú los tenías guardados en un rinconcito discreto, sin molestar al resto del cuarto de baño. Así que antes de marcharme dije: “La 14, quiero la 14”. Y así fue. Unos meses más tarde llegué para invadirte.
He de reconocer que la primera vez que te vi me pareciste vieja. Y un poco sucia. Pero con una buena mano de limpieza (de arriba a abajo, me dejaste agotada) y colocando todas mis cosas (eres pequeñita, como yo, pero he sacado el máximo partido a tu espacio, está todo muy bien aprovechado) quedaste mucho mejor. Menudo cambio, ¿eh? Todavía hoy me sorprendo.
Tienes entre tus paredes seis años de mi vida. Y es todo lo que te dejo, los recuerdos, las vivencias de esos seis años. Cuídalos y consérvalos siempre. Si otra persona llega a invadirte, guarda también los fragmentos de su vida, pero no tires los míos. Me has visto llorar muchísimo, reír, bailar, hacer playbacks bailando (primero con un discman y luego con un emepetrés enchufado a los oídos), me has visto llenarte de cosas, tirar otras, instalarte un ordenador, una radio, planchar, lavar, duchas por la noche, siestas de todo tipo de duración; has visto cómo pasaba noches en vela, noches de estudio, noches de fiesta, emociones, diversión; has visto conmigo películas, series, musicales; has escuchado mi evolución en gustos musicales; has compartido cenas y desayunos; alegrías y penas; conversaciones por teléfono; has conservado todo tipo de recuerdos: conversaciones, cartas, entradas, libros; te hice soportar muchísimo peso en tu estantería (hay cada tocho por ahí...) y sobrepasé la capacidad de tu armario (realmente me pregunto cómo pude meter tanto en tu espacio tan limitado); has recibido visitas, y has visto despedidas. Has visto de todo.
Y ahora ha llegado el momento, ahora estás vacía, como al principio, cuando te encontré y decidí quedarme contigo. Pero hay una diferencia abismal: cuando te conocí eras un espacio vacío, pero ahora te miro y te has quedado sin vida, sin ruido, sin mis cosas, sin mi vida. Lloro. Es muy triste verte así, doloroso. Te he regalado un fragmento de mi vida. Ahora me da mucha pena verte. Incluso haces eco si hablo. Te voy a echar mucho de menos. Has visto cómo pasaba de ser una niña a ser toda una mujer, hecha y derecha. Has visto mi evolución, mis cambios, cómo he madurado. Eres una parte muy importante de mi vida. Tanto, que a pesar de ser tan pequeñita, nunca he querido cambiarte por otra. Eres mi espacio vital, mi mundo. Y siento que dejo en tus paredes una parte muy importante de mí. No te cambiaría por ninguna, y si volviera empezar, me quedaría contigo otra vez. Hasta tu número (par) es uno de mis favoritos. Siempre me han resultado tristes los lugares vacíos, las fuentes secas y las piscinas sin agua. Me transmiten una sensación de pasado, de que hubo vida, y ahora han sido abandonadas. Así es como me siento. Cerraré tu puerta, mañana por la mañana, y quién sabe si volveremos a vernos, si volveré a compartir contigo algo de mi vida. Cuida todo lo que queda dentro cuando cierre tu puerta, y no dejes que se escape ni por ella ni por la ventana.
Me despido.Odio las despedidas. Ya no puedo seguir más, no puedo parar de llorar. No pierdas esta carta que te dejo y léela siempre que quieras recordarme. Mi queridísima habitación 14... ésta es la última noche que duermo aquí.
Te quiere,
Mini.
Mi querida 14:
Ésta es la última noche que duermo aquí, entre tus cuatro paredes, y no quería irme sin despedirme de ti. ¿Recuerdas cómo llegué a ti? Yo sí. Fue hace seis años. Llegué aquí de casualidad y a última hora, y de las tres que me mostraron te elegí a ti.
¿Sabes por qué te elegí? Porque eras la más barata (sí, es una razón muy cutre, pero fue la primera razón, tengo que reconocerlo), por tu amplio cuarto de baño y por (aunque te parezca increíble) la situación de tu cepillo de barrer y la fregona. Sé que esta última razón te parece un poco rara, pero es que las demás los tenían puestos en mitad de la pared, colgando hacia arriba, y tú los tenías guardados en un rinconcito discreto, sin molestar al resto del cuarto de baño. Así que antes de marcharme dije: “La 14, quiero la 14”. Y así fue. Unos meses más tarde llegué para invadirte.
He de reconocer que la primera vez que te vi me pareciste vieja. Y un poco sucia. Pero con una buena mano de limpieza (de arriba a abajo, me dejaste agotada) y colocando todas mis cosas (eres pequeñita, como yo, pero he sacado el máximo partido a tu espacio, está todo muy bien aprovechado) quedaste mucho mejor. Menudo cambio, ¿eh? Todavía hoy me sorprendo.
Tienes entre tus paredes seis años de mi vida. Y es todo lo que te dejo, los recuerdos, las vivencias de esos seis años. Cuídalos y consérvalos siempre. Si otra persona llega a invadirte, guarda también los fragmentos de su vida, pero no tires los míos. Me has visto llorar muchísimo, reír, bailar, hacer playbacks bailando (primero con un discman y luego con un emepetrés enchufado a los oídos), me has visto llenarte de cosas, tirar otras, instalarte un ordenador, una radio, planchar, lavar, duchas por la noche, siestas de todo tipo de duración; has visto cómo pasaba noches en vela, noches de estudio, noches de fiesta, emociones, diversión; has visto conmigo películas, series, musicales; has escuchado mi evolución en gustos musicales; has compartido cenas y desayunos; alegrías y penas; conversaciones por teléfono; has conservado todo tipo de recuerdos: conversaciones, cartas, entradas, libros; te hice soportar muchísimo peso en tu estantería (hay cada tocho por ahí...) y sobrepasé la capacidad de tu armario (realmente me pregunto cómo pude meter tanto en tu espacio tan limitado); has recibido visitas, y has visto despedidas. Has visto de todo.
Y ahora ha llegado el momento, ahora estás vacía, como al principio, cuando te encontré y decidí quedarme contigo. Pero hay una diferencia abismal: cuando te conocí eras un espacio vacío, pero ahora te miro y te has quedado sin vida, sin ruido, sin mis cosas, sin mi vida. Lloro. Es muy triste verte así, doloroso. Te he regalado un fragmento de mi vida. Ahora me da mucha pena verte. Incluso haces eco si hablo. Te voy a echar mucho de menos. Has visto cómo pasaba de ser una niña a ser toda una mujer, hecha y derecha. Has visto mi evolución, mis cambios, cómo he madurado. Eres una parte muy importante de mi vida. Tanto, que a pesar de ser tan pequeñita, nunca he querido cambiarte por otra. Eres mi espacio vital, mi mundo. Y siento que dejo en tus paredes una parte muy importante de mí. No te cambiaría por ninguna, y si volviera empezar, me quedaría contigo otra vez. Hasta tu número (par) es uno de mis favoritos. Siempre me han resultado tristes los lugares vacíos, las fuentes secas y las piscinas sin agua. Me transmiten una sensación de pasado, de que hubo vida, y ahora han sido abandonadas. Así es como me siento. Cerraré tu puerta, mañana por la mañana, y quién sabe si volveremos a vernos, si volveré a compartir contigo algo de mi vida. Cuida todo lo que queda dentro cuando cierre tu puerta, y no dejes que se escape ni por ella ni por la ventana.
Me despido.Odio las despedidas. Ya no puedo seguir más, no puedo parar de llorar. No pierdas esta carta que te dejo y léela siempre que quieras recordarme. Mi queridísima habitación 14... ésta es la última noche que duermo aquí.
Te quiere,
Mini.
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